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El Problema: Mercurio en el ambiente

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Mercurio en el Sector del Cuidado de la Salud

El Mercurio en el ambiente

El sector de la salud está lejos de ser la principal fuente emisora de mercurio al ambiente. Las emisiones de las centrales eléctricas alimentadas a carbón y las plantas de cloro-soda que funcionan con celdas de mercurio, junto con la extracción artesanal de oro y la disposición de pilas, son contaminantes mucho más significativos.

Sin embargo, el sector de la salud aún juega un papel importante como una de las principales fuentes de demanda de mercurio y emisiones globales, así como causante de intoxicaciones tanto agudas como crónicas a niveles bajos de mercurio. A la vez, los líderes del sector de la salud pueden actuar como voceros y defensores fundamentales del cambio -no sólo en los hospitales, sino en toda la sociedad.

Se puede encontrar mercurio en numerosos dispositivos de uso médico, incluyendo termómetros, tensiómetros y dilatadores esofágicos. Se lo encuentra en lámparas fluorescentes. Las amalgamas dentales representan una de las principales contribuciones a la carga general de mercurio. También está presente en numerosos compuestos químicos y en dispositivos de medición de uso en laboratorios médicos. Si alguno de estos productos se derrama, se rompe o se elimina o dispone de forma inapropiada, existe la posibilidad de provocar daños a la salud y el ambiente.

Por ejemplo, los incineradores de residuos hospitalarios, así como los de residuos municipales, emiten mercurio hacia la atmósfera cuando queman desechos que contienen este metal, contribuyendo así en forma directa a la carga global de mercurio. Según la Agencia de Protección Ambiental de los EE.UU. (EPA), en 1996, antes de la eliminación gradual del mercurio del sector de la salud de dicho país, los incineradores constituían la cuarta fuente en importancia de emisión de mercurio hacia el medio ambiente. También se sabe que los hospitales contribuían con 4-5% de la carga total de mercurio en los efluentes. Y los termómetros de mercurio, por sí solos, aportaban aproximadamente 15 toneladas métricas anuales de mercurio a los rellenos sanitarios en los que se vierten desechos sólidos.

En 2005, Trasante et al, utilizando información nacional de prevalencia de mercurio en sangre de los Centros para el Control de Enfermedades de los EE.UU, estima que, en este siglo, en EE.UU, entre 316.588 y 637.233 niños por año tienen niveles de mercurio en sangre de cordón> 5,8 mg / L, un nivel que se encuentra asociado con la pérdida de IQ. Se estima que esto implica una pérdida de productividad equivalente a U$S 8,7 mil millones al año de dólares estadounidenses (rango, 2,2-43,8 millones de U$S).

Si bien no se cuenta con cifras exhaustivas, la evidencia anecdótica sugiere que en la mayor parte de Asia, África y América Latina, los derrames de mercurio no se limpian adecuadamente, ni tampoco se separan ni se manejan adecuadamente los desechos que lo contienen. En cambio, se lo incinera, se lo desecha a través de los drenajes y alcantarillas o bien se lo vierte en rellenos sanitarios o vertederos, junto con los desechos sólidos que lo contienen.

Las roturas de termómetros, tomadas caso por caso, representan un cierto peligro para los pacientes, las enfermeras, y demás profesionales de la salud, cuando el mercurio se absorbe a través de la piel o cuando se inhalan vapores de este metal. Cuando un termómetro se rompe, sólo se libera una cantidad relativamente pequeña de mercurio -cerca de un gramo. Sin embargo, cuando se considera de manera acumulativa en un servicio de un hospital, en todo el edificio, o bien a nivel nacional y mundial, la situación cobra dimensiones más graves.

En Buenos Aires, por ejemplo, el gobierno de la ciudad -que maneja 33 hospitales y más de 38 centros de salud-estaba adquiriendo casi 40.000 nuevos termómetros al año, hasta que comenzó a inclinarse por dispositivos alternativos en 2006. En vista de que las enfermeras y otros profesionales de la salud suelen comprar sus propios termómetros para complementar el material que les provee la ciudad, el sistema sanitario de la misma estaba utilizando una cantidad notablemente superior a 40.000 termómetros anuales, la mayoría de los cuales acaba rompiéndose, y algunos terminan en algún hogar (donde también acaban por romperse). El sistema, en última instancia, estaba vertiendo más de 40 Kg anuales de mercurio en el entorno hospitalario local y en el ecosistema global.

Si se utiliza esta cifra y se la extrapola para todo el país, es posible estimar que, hasta hace poco, los termómetros rotos en el sistema de salud argentino fueron responsables de verter en el medio ambiente 826 Kg. anuales de mercurio, casi 1 tonelada métrica.

En la ciudad de México, el Hospital de Niños “Federico Gómez” -que cuenta con 250 camas- es una institución de enseñanza, investigación y atención médica afiliada a la Universidad Nacional Autónoma de México. Trabajando en conjunto con el socio mexicano de Salud sin Daño, el Centro de Análisis y Acción sobre Tóxicos y sus Alternativas (CAATA), este prestigioso hospital de niños documentó una tasa de rotura de termómetros de 385 por mes, o bien más de 4.000 anuales. El número total estimado de termómetros rotos en este hospital en particular, entre 2002 y principios de 2007, es de casi 22.000 -equivalentes a 22 Kg. de mercurio.

Mientras el Hospital Federico Gómez ya ha substituido sus dispositivos con mercurio por alternativas más saludables, cuando desarrollo su primer evaluación de riesgos, la institución no contaba con ningún protocolo para la limpieza de derrames de mercurio. Por el contrario, los desechos de mercurio se depositaban con los residuos peligrosos y biológicos infecciosos o con los residuos municipales. Las lámparas fluorescente rotas también eran tratadas como residuo municipal y los equipamiento con mercurio que se rompían, no eran reparados sino sólo asentada la pérdida y reemplazado por otro nuevo. La rotura regular y constante de termómetros y la falta de protocolos de gestión de residuos de mercurio y prácticas tales como las del hospital Federico Gómez, no son una excepción, sino más bien la regla general en los hospitales en gran parte del hemisferio sur, donde los pacientes y trabajadores de la salud están, sin saberlo, regularmente expuestos a esta toxina.